El año pasado nos quedamos en casa. Bueno, en aquella casa navideña que montamos en el estudio, con su cocina, su salón y todo lo que nos gusta de estas fechas: cocinar juntos, jugar, acabar con harina hasta en las cejas y encontrar un ratito para estar en familia.
Pero este año a los niños se les ha quedado pequeña la casa. Quieren saber qué hay al otro lado de la ventana, y a nosotros nos ha entrado el gusanillo de viajar. Así que hemos hecho las maletas (y hemos traído un tren de los de verdad, con su locomotora y todo) para irnos hasta Laponia. Eso sí, con abrigo.
El viaje empieza en una taquilla, donde cada pasajero recogerá su billete. Después llegan el andén, los árboles nevados y una antigua locomotora esperándolos con el vapor a punto.
Me los imagino entrando al estudio y quedándose con la boca abierta. Algunos saldrán disparados hacia la locomotora, como si llegaran tarde a su propio tren. Otros necesitarán un momento, o la mano de mamá o papá, antes de animarse. Y está perfecto. Cada niño hace el viaje a su manera, y eso es lo bonito de fotografiarlo.
Yo estaré con la cámara, intentando no perderme nada de lo que pasa sin avisar: la cara al ver el decorado, la risa con su hermano, ese abrazo que aparece mientras esperan «el tren».
Dentro de unos años, cuando volváis a mirar estas fotos, os acordaréis de cómo fue aquella Navidad y de cómo eran ellos entonces. Y os preguntaréis en qué momento crecieron.